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El poder no se negocia: se lucha

El poder no se negocia: se lucha

(Por: David Hernández) El poder y la guerra, como las luchas y las victorias, no se le pueden dar a quienes se creen derrotados y aceptan imposiciones. Salvador Nasralla es un presentador de televisión y un títere utilizado por el poder hegemónico para neutralizar, restar y dividir votos; no es un verdadero líder, sino un falso liberal y pésimo político, que incluso declaró públicamente haber negociado acuerdos con los “cachurecos” bajo la mesa. Sabiendo, que al igual que los gringos, no son amigos de nadie: apuñalan tanto de frente como por la espalda, hasta llegar a un canibalismo extremo y raro, donde los ratones se comen los gatos, tumban el queso, colocan la ratonera y envenenan a todos los felinos, violando las leyes de la naturaleza por la supervivencia y conservación del poder.

Un líder comprometido con un proyecto político de liberación nacional lucha junto al pueblo, no renuncia y no se entrega al orden establecido que impone Washington, como ocurrió recientemente en 2017. Nasralla volverá a decepcionar; esa es la realidad, porque habrá un nuevo fraude, y este pueblo parece desconocer su historia y vota siempre por los mismos traidores y ratones. Traidor también es quien no lucha y legitima el statu quo, y ratón es aquel que reproduce calamidades y lamentos en la sociedad sin erradicar la plaga política. Así, jamás cambiarán las cosas mientras persistan actitudes de dejar todo para mañana; el cambio y el futuro no esperan: son hoy, en el aquí y ahora.

Se viene una narco-dictadura y se necesita tenacidad, con líderes comprometidos que no se doblegan ni se rajan para enfrentarla. La política es un arte para enfrentar la guerra y conquistar la victoria del ansiado «poder», que requiere convicción, coherencia y rectitud, pero también astucia, calle y huevos. A él le faltan muchos de esos elementos, aunque no tiene cola que le pese demasiado. Sin embargo, siempre será parte de la estrategia de la oligarquía.

La ciudadanía debe reflexionar con seriedad, analizar los hechos y ejercer su voto de manera consciente, aun cuando hoy, en la práctica, el voto no cuenta, nuestra democracia no es completamente independiente, porque la soberanía es negociada y seguimos siendo vasallos de la Casa Blanca, lustrando sus botas. Pero no por ello, la crisis de identidad nacional es motivo de flaqueza, porque, si se interpreta la coyuntura actual, hay un bipartidismo y una derecha continental en decadencia. Por lo tanto, la juventud —llamada al cambio generacional— debe asumir una postura crítica y vigilante: identificar el inventario de los males en la sociedad, los verdugos de las cúpulas partidarias que gestan antivalores patrióticos e intereses contradictorios a la nación, y reconocer a quienes parecen más interesados en beneficiarse de las cuotas de poder, de los financiamientos en campañas y, por supuesto, de la deuda política.

No hay que perder la confianza ni ser escépticos en cada proceso electoral. El tiempo pone las cosas en su lugar. La mentira tiene patas y tarde o temprano cojea. La historia es clara: como Nerón, los poderes sostenidos en la mentira no caen por el pueblo, sino por su propia corrupción. Solo no hay que olvidar a los políticos que son “mercaderes y traidores”, los que no velan por el pueblo, no luchan por el respeto a la democracia ni por el cumplimiento de la voluntad popular, revelando poco o ningún interés en la defensa de la soberanía nacional en tiempos de geo-piratería. Además, terminan sirviendo únicamente a los intereses de la mafia, mediante la venta y despojo del territorio, facilitando paraísos fiscales, concesiones, corredores y rutas de seguridad del narco-tráfico, y el flujo de la corrupción público-privada a la “orden de la racha organizada transnacional”.

Pero sin sanar la vigente crisis, que será una herida profunda y difícil de superar, llama la atención la reciente declaración pública de Salvador Nasralla, anunciando su candidatura a la presidencia de Honduras en 2029 por el Partido Liberal. El mismo actor político que no defendió su supuesto triunfo ni en 2017 ni en 2025 pretende volver a participar, completando veinte años de agonía en vano, sin luchar por la conquista de la corona presidencial. Como siempre, no irá a las elecciones para ganarlas, sino para perderlas y dividir la sociedad: generando una mentalidad derrotista y entreguista. La política no es un juego de fútbol en el que se espera cuatro años para clasificar; la política es una batalla real por el poder, que se lucha hasta el final, sin treguas. Las candidaturas no son un juego, ni negocios personales, ni ciclos de espera como el cometa Halley.

Es momento de dejar de repetir la historia como tragedia y farsa. No podemos seguir con la misma condena eterna, como Sísifo y la roca, ni con la negación de la voluntad popular mediante “candidatos impuestos y no electos”. Resulta contradictorio y dañino para el país que Nasralla siga victimizándose en cada comicios, diciendo “¡ay, me volvieron a robar las elecciones!”, y al mismo tiempo acepte la venta de su triunfo sin dar batalla ni movilizar al pueblo. Mientras su cúpula, administrada por ideales conservaduristas, separatistas, golpistas, corruptistas y anti intelectualistas, deslegitiman el Decreto del Recuento de Votos, alegando que hacerlo sería un delito de traición. Quedando nuevamente comprobado que esta facción liberal, incluido su candidato, traiciona a bases, a juventudes y al pueblo que aún anhela esperanza y cambios.

Como bien señaló la socióloga Leticia Salomón, en un gesto de fatalismo e ironía, sobre la tumba de Salvador Nasralla habrá un epitafio que dirá: “Aquí yace el próximo presidente de Honduras”.

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